PAPEL PAUTADO
A pesar de estar en la calle, paseaba todos los días; quizá un recorrido corto con el que pudiese su cuerpo cansado y desgastado por el tiempo, pero paseaba. En días de frio llevaba un abrigo. Su compañera, su cómplice, su todo lo llevaba asido por una cuerda vieja casi tan raída como las ropas de los dos. La escuché hablarle con ternura: "no aquí, no, junto al árbol". Cumplida la orden, recibía una caricia mientras ella sonreía, fumaba y se encargaba de tirar los excrementos al contenedor. Concluido el paseo, volvía a casa... Su hogar consistía y consiste en un peldaño un poco amplio a la entrada de un edificio oficial, una puerta de madera a las espaldas y los quicios que la rodean. Le faltaba una cuarta dimensión para ser un habitáculo cerrado, o tal vez no... Su mobiliario, cartones de cajas grandes y resistentes que ponía en el peldaño, otros forrados de plástico con los que había hecho una especie de tienda de campaña (como la lona de una carreta), dos enormes paraguas negros con algunas quemaduras de cigarro y dos bolsas grandes en donde guardaba enseres y botellas de agua. Cuando abrían las puertas del edificio, mudaba su casa junto a la pared, fuera de la puerta. Al acabar la actividad administrativa, ella volvía a instalar su hogar, ya aireado, en el escalón fregado y limpio.
Ella:
Parece de esas mujeres a las que resulta difícil ponerles edad, tampoco tiene importancia. Sus ojos reflejan un camino largo, lleno de vivencias que quizá pocos sepan, son como candados de un secreto; pero tienen vida y miran al horizonte, al cielo que deja ver la calle y los edificios; tal vez ese paisaje es la cuarta pared de su hogar, el tabique que ella buscó y eligió para sí. Su pelo está recogido en moño, algo alborotado, con algunas canas pero limpio. Su ropa: una camiseta negra, un jersey gris, una amplia falda negra subida casi hasta la altura de su pecho y unas zapatillas de color indefinido en donde entran unos pies embutidos en calcetines grises. La gama de color es reducida.
Llevo 8 años viéndola casi a diario, haga frío, calor, lluvia, viento... siempre está ahí. Por el día apoyada en la pared, por la tarde sentada en su alfombra de cartón y por la noche cobijada bajo sus paraguas y la pseudo lona de plástico y cartón. Excepto con su perro, nunca la vi hablar con nadie ni pedir limosna. Y él hace un año que ya no está: debió morir. A buen seguro que es uno de los canes más sentidamente lllorados...
Los viandantes no usuales de la zona pensarán que ella no tenía hogar, pero los demás sabemos que sí tiene "esas cuatro paredes" en donde encerrarse con sus recuerdos y sus esperanzas, en donde sentir lo íntimo de la soledad a pesar del ruido de la calle y de la gente que pasa.
Nunca he sentido pena ni lástima ni nada que se le asemeje. Tengo el convencimiento de que, sea como fuera, ha elegido esa vida entre ermitaña, claustral y mundana. Sí me produce ternura y cercanía... A veces ganas de saber los por qué, los cómo pero no creo que para ella tengan importancia. Está ahí, impertérrita, dispuesta a recibir la luz del día y la oscuridad de la noche, dispuesta a pasar el tiempo, a no esperar nada (¿o si..?), a abrazar cuanto la vida le dé. Pero hay algo en lo que sí me siento muy cercano a ella: su mirada meláncolica, su mirada a la nada y al todo.
Nunca leerá estas palabras, nunca sabrá que alguien la recordó para la memoria propia y ajena. Quizá no quiera ser recordada ni reflejada en ningún escrito, tal vez yo no tenga derecho a hacerlo pero, so pena de equivocarme, pienso que se merece un hueco en mi historia, en mi vida, en mis palabras como todas las pequeñas grandes cosas que siempre tenemos y que casi nunca valoramos. Cada vez que me cruzo con ella, nuestros ojos melancólicos se saludan, se reconocen.
Os invito a erguirle un pequeño monumento, una modesta placa en nuestras vidas como homenaje a la Vida que se agarra a la Vida...

